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Aceptar no es resignarse

Cuando hablamos de aceptación, es fácil confundirla con resignación o conformismo, como si aceptar significara quedarse quieto, bajar los brazos o simplemente «aguantar». Pero no es eso.

Aceptar implica una disposición activa para experimentar lo que la vida trae, sin tratar de cambiar, evitar o controlar lo que sentimos por dentro. Es un movimiento hacia adentro, no una renuncia.

¿Por qué nos cuesta tanto aceptar?

Porque nadie nos enseñó a hacerlo. Desde pequeños aprendemos a evitar el dolor, a distraernos de lo que nos incomoda, a empujar hacia abajo lo que nos genera malestar. Y aunque esa estrategia puede funcionar a corto plazo, a la larga nos pesa más.

Sufrimos más cuando rechazamos las realidades que nos tocan vivir, especialmente aquellas sobre las que no tenemos ningún control. Ese rechazo constante es agotador, y es lo que nos paraliza y nos estanca, no la situación en sí misma, sino la resistencia a ella.

Recibir en lugar de luchar

En lugar de pelear contra las emociones desagradables o los pensamientos difíciles, la aceptación nos invita a recibirlos, acogerlos y convivir con ellos. Son parte natural de la experiencia humana. Todos sentimos miedo, tristeza, frustración, incertidumbre. No hay nada roto en vos cuando aparecen.

Esto no significa que tengas que gustarte lo que sentis, ni que tenes que quedarte en ese estado para siempre. Significa que cuando dejas de luchar contra lo que ya está ahí, liberas energía, la misma energía que antes gastabas en resistir, para usarla en lo que sí puedes hacer.

Serenidad no es ausencia de tormenta

La aceptación nos permite vivir con serenidad, no porque todo esté bien, sino porque aprendemos a estar presentes incluso cuando no lo está. Es la diferencia entre ser arrastrado por la corriente y aprender a nadar en ella.

No se trata de estancarse, sino de seguir avanzando con lo que hay, desde donde estás, tal como sos.

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