Desde que tengo memoria, el aprendizaje y el cuidado han sido los hilos conductores de mi vida. Mi mamá siempre recuerda que a los seis años ya me sentaba sola a hacer mis tareas al volver de la escuela. En ese entonces, uno de mis juegos favoritos era “curar” heridas; si me caía, ponerme curitas y cuidar la herida era lo más. Por eso, mi papá solía decir que sería médica. Hoy, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que no estaba tan lejos, aunque el camino me llevó por un rumbo diferente y maravilloso.
Raíces y descubrimientos
Crecí y me formé en la educación pública de mi querida ciudad, Luque. Pasé nueve años en la tradicional Escuela General Aquino, donde el compromiso y la disciplina me llevaron a ser abanderada. En aquel entonces, mi corazón también latía por el tenis, un deporte que practiqué con el sueño de ser profesional. Aunque ese sueño quedó en pausa, el aprendizaje del entrenamiento se quedó conmigo para siempre.
Tras un paso por el Colegio Técnico de Luque (CCTL) —donde estudié el bachillerato técnico industrial en electrónica, descubrí que las ingenierías no eran lo mío—, llegó el momento de la gran pregunta: ¿A qué quiero dedicar mi vida?
La respuesta apareció acompañando a personas en rehabilitación tras un ACV. Allí descubrí que mi verdadera pasión no era la electrónica ni la medicina tradicional, sino escuchar, acompañar y estar presente para los demás.
El camino del esfuerzo
Ingresar a la Facultad de Filosofía de la UNA fue el inicio de un viaje de cinco años viajando en bus desde Luque hasta Sajonia. Con mis jeans, mis remeras y el apoyo incondicional de mis padres, me formé con la convicción de que la Psicología Clínica era mi lugar en el mundo. Sabía que para ofrecer lo mejor a mis pacientes necesitaba formación de calidad. Por eso, antes de ejercer, me sumergí en una maestría y años de especialización en el modelo Cognitivo Conductual (TCC) y la Terapia Racional Emotiva Conductual (TREC).
Vencer el miedo para abrazar la vocación
Recuerdo perfectamente a mi primer paciente. Sentí miedo y esa voz interna que decía: «¿Estás lista?». Pero me respondí con firmeza: “Te preparaste años, vos podés”. Y me lancé. Empecé atendiendo de forma virtual, sin consultorio propio, trabajando en una organización para costear mis estudios. Hoy, gracias a la constancia, tengo la alegría de contar con un consultorio propio y dedicarme a tiempo completo a la práctica clínica independiente.
Más que una profesión, una forma de vida
Hoy no curo heridas físicas con curitas, pero tengo el honor de acompañar a las personas a aliviar su sufrimiento emocional. Sigo siendo la misma apasionada por aprender, la que disfruta de un buen tereré, de caminar una hora diaria para ordenar ideas y de compartir con amigos. Mi historia es solo una entre tantas, pero si algo quiero dejarte hoy es esto: animate a soñar en grande. Los sueños que se abrazan con el corazón y se caminan con constancia, sí se cumplen. Sigo sintiendo miedo ante nuevos desafíos, pero ya no me detengo. Sigo adelante, invirtiendo en lo que amo y honrando este «caminito» que me trajo hasta aquí.
¡Feliz día a todos mis colegas que, como yo, eligieron el camino del servicio y la empatía!


